ALMAS LLANERAS:

LAS HISTORIAS DE LOS VENEZOLANOS QUE EMIGRARON A BUENOS AIRES

 

Almas llaneras a la deriva. Cada una de ellas esconde una historia: de desarraigo, de esperanza, de lucha, de perseverancia. En su mayoría, jóvenes en búsqueda de un futuro que les fue arrebatado. Familias que los siguen, dejando sus sueños y todo lo que habían construído detrás. La crisis política y social en Venezuela llegó a Buenos Aires reflejada en los ojos cansados de miles de venezolanos que buscan empezar de nuevo y construirse un futuro en un país ajeno. En el 2017 se radicaron 31167 venezolanos en Argentina, más del doble de las radicaciones del 2016. En lo que va del año, de enero a junio del 2018, ya son 25445 los inmigrantes registrados. En total, desde 2012 a hoy, ya son más de 82000 venezolanos que eligen a la Argentina para escribir su historia de cero.

Haz click en las estrellas y viaja a las diferentes etapas dentro del exódo venezolano o desliza hacia abajo y sigue la historia completa.

 

CAPÍTULO 1

LA DECISIÓN

La crisis venezolana no detuvo los ánimos emprendedores de los jóvenes, negándose a abandonar sus sueños en Venezuela: los trajeron a Argentina.

Susana Ruiz tiene 26 años, llegó a Buenos Aires hace un año en uno de los últimos vuelos de Aerolíneas Argentinas desde Venezuela. La aerolínea canceló todos sus vuelos en octubre del 2017 por razones de seguridad y ofreció alternativas para los venezolanos que ya contaban con el pasaje. Entre los pocos vuelos que salen hoy, una sola aerolínea que reside en el país ofrece viajes directos a la Argentina, el resto son con escalas y su precio puede variar entre 1000 y 5000 dólares.

Para Susana, la decisión de dejar su país no sólo implicaba dejar su vida atrás sino también evaluar qué haría con su emprendimiento. Ruiz comenzó hace un poco más de 5 años su propio negocio de obsequios y material P.O.P (implementos destinados a promocionar una empresa) llamado Susana Ruiz Estudio Creativo. La independencia y la comodidad de estar establecida como marca en Venezuela hicieron que su decisión de partir fuera más deliberada. Debía planear correctamente cómo mantener ese sueño desde Argentina. “Mi objetivo era emprender. Yo compré mi pasaje un año antes de venirme y dije: necesito algo, porque si voy allá quiero aportar algo a la economía Argentina”, recuerda Susana.

Buscando adaptar su negocio a Argentina descubrió algo que se necesitaba en ambos países: poder sorprender a la familia desde la distancia. Comenzó entonces una prueba para ver si funcionaba. Mientras ella seguía en Venezuela lanzó un proyecto dirigido a venezolanos en Argentina para el Día de la Madre, la propuesta constaba en enviar una taza con la inscripción Mamá, desde Argentina te deseo un feliz día a Venezuela. “Las personas me empezaron a pedir una, dos, terminaron siendo más de 100 tazas”, dice Susana. En ese momento se dio cuenta que su emprendimiento podría funcionar en Buenos Aires.

Una vez acá comenzó una campaña publicitaria anunciando que desde Venezuela también se podía sorprender a gente en Argentina. Susana explica que lograron generar una cadena de favores, se les preguntó a aquellos que fueron sorprendidos si querían sorprender acá en Argentina, así mantuvieron las dos clientelas y, junto con sus amigos que emigraron a otros países, se extendió la cadena por el resto del mundo.

La decisión de emprender como inmigrante, sin embargo, no es tan fácil. Susana cuenta que para ella la parte más difícil fue tener que buscar un empleo en Argentina, porque sabía que lo primero que necesitaba era un ingreso fijo y recibos de sueldo para así poder alquilar un local. “Lo importante es intentarlo. Lo más difícil es dejar esa estabilidad. Porque conozco muchos empresarios que vienen de Venezuela y no toman ese impulso, tienen miedo de hacerlo y lo importante es hacerlo y ya”, reflexiona Susana.

Susana Ruiz, también tuvo que empezar de nuevo para perseguir su sueño de continuar con su emprendimiento en Argentina. Trabajó en una empresa de comercio exterior y luego en un consultorio odontológico, pero siempre con su objetivo en mente. El próximo paso era animarse a dejar esa comodidad recientemente lograda para que Su Creativo, el nombre de su empresa en Argentina, crezca.

Un mural de Carlos Cruz-Diez en el aeropuerto Internacional de Maiquetía Simón Bolívar despide a los venezolanos que dejan el país por vía aerea (Fuente: Andrés Gerlotti).

 

CAPÍTULO 2

LA LLEGADA

Para muchos, el viaje se convierte en una odisea. La llegada genera un instante de gozo, seguido de la incertidumbre de cómo empezar otra vez.

Verónica Rodríguez Prieto tiene 21 años, llegó a Buenos Aires hace 10 meses con una valija y su cello. Su sueño era irse a estudiar música a París pero al no lograr juntar el dinero necesario tuvo que desistir de sus planes. “Yo ya solo quería salir de Venezuela”, recuerda Verónica. Un amigo le mencionó una audición para una orquesta de venezolanos en Buenos Aires: Latin Vox Machine. “Me ofreció irnos juntos para ayudarnos con los gastos. Y eso fue lo que hicimos” afirmó la cellista.  Así, dejándolo todo atrás y determinada a empezar una nueva vida, ella y su cello emprendieron viaje.

Primero atravesó la mitad de su país en auto. La madre y su padrastro la llevaron desde Maracay, su ciudad, hasta Puerto Ordaz. Allí subió a otro auto, previamente pagado y coordinado para que la lleve a Brasil. Un colectivo la dejó en Manaos donde viajó a San Pablo para tomar el avión que finalmente, después de casi 5 días de viaje, la llevaría a Buenos Aires. “Fue complicado. En Venezuela había muchos puestos de revisión en los que amenazaban con quitarte los pocos dólares que tenías en efectivo”, asegura Verónica. Cerca de la frontera con Brasil tuvo el episodio más intenso de todos. El primer paso fue bajar a los pasajeros del auto y vaciar sus bolsos y valijas. Luego los separaron por sexo y les asignaron un cuarto, ella entró sola con una oficial que le revisó el cuerpo. No satisfecha le pidió a Verónica que se desnude completamente para poder seguir revisándola, la joven se negó.

Antes de emprender su viaje Verónica había recibido el consejo de entregarle todos sus dólares al conductor del vehículo ya que a él no lo revisarían, esto le resultó imposible ya que no lo conocía y esos 600 dólares eran todo lo que tenía. Apartó 200 para el conductor y se guardó 400 en el corpiño. “Cuando la chica me pidió que me saque la ropa interior en realidad pensaba en los dólares, me importaba muy poco si me veía o no”, cuenta Verónica. Recordó entonces que su madre le había insistido en que llevara con ella algún papel que demuestre que su padre era un militar retirado, mostró los papeles y la oficial la dejó ir. Sus compañeros no corrieron con la misma suerte y les quitaron todos los dólares que llevaban encima.

Verónica vive en Buenos Aires hace diez meses, pero hace dos días fue su madre la que debió emprender el viaje. “Cuando llegué estaba emocionada, por una nueva vida, nuevos proyectos, nuevas oportunidades. Tenía todo por delante”, afirma Verónica. Su madre, sin embargo, tiene 43 años y debió dejar la vida que había construido atrás para seguir hacia adelante. Antes de venir a la Argentina debió regalar su casa y su auto en Venezuela por miedo a la supuesta nueva ley ubica tu casa que amenaza con ocupar propiedades vacías en el país. “Yo la veo acá y está deprimida, porque es muy fuerte llegar y darse cuenta que en tu país no hay nada”, compartió la cellista.

Hay muchas maneras de llegar de Venezuela a Buenos Aires, las historias son muy distintas y el viaje es una de las etapas que más las marca. (Fuente: CMBD)

 

CAPÍTULO 3

PRIMEROS MESES

Durante los primeros meses, los inmigrantes venezolanos buscan un sostén económico para poder comenzar su nueva vida en tierras argentinas. Pasando por una gran variedad de trabajos, logran vivir y crecer entre porteños.

Los primeros meses de cada uno de los venezolanos que decide emigrar son tan distintos como sus historias de inmigración. Pero hay algo seguro y es que son meses de intensa adaptación, aprendizaje de la cultura y trabajos arduos para lograr la estabilidad deseada.

“Llegué el 15 de septiembre. Ya voy a cumplir un año”, cuenta Emely Guerrero. Tiene 28 años y es diseñadora gráfica. Llegó a Buenos Aires en los buses que había entre las fronteras, después de 8 días de viaje: Colombia, Ecuador, Perú, Chile y, finalmente, Argentina. “Traía 160 dólares en el bolsillo, una cámara y una computadora. Y pensé que tendría que venderlas en el camino porque sino, no llegaba”, recuerda Emely.

Sus primeros meses fueron complicados. Ella tenía un primo en el país hacía más de un año y medio. Estuvo en su departamento dos o tres semanas y luego tuvo que mudarse. “Era un monoambiente. Llegué yo, un primo y una tía. Estábamos todos como amontonados”, comentó la diseñadora gráfica. Su próximo destino fue Almagro, una residencia donde compartía cuarto con otras tres personas que no conocía. Allí estuvo cuatro meses y luego se mudó a otra residencia en Congreso. Finalmente, hoy vive en una habitación de Palermo. Si bien paga lo mismo por una habitación que por un monoambiente, se ahorra los gastos de la entrada y la garantía de los primeros tres meses.

“El comienzo fue difícil. Tú dejas todo para empezar de cero. Es como meter tu vida en dos maletas”, reflexiona Emely. Las mudanzas solo fueron un factor más de la inestabilidad que supone la llegada a un país nuevo. La búsqueda de la estabilidad económica y la adaptación cultural se suman a las variables que complican los primeros momentos. Emely comenzó su trayectoria laboral en Argentina en un local en Once. “Trabajé con unos peruanos y fue horrible. Hacía 11 horas diarias y ganaba 2000 pesos a la semana. Además el trato fue muy malo”, aclaró Emely. Ni bien le llegó el DNI, un amigo le pasó un mail para que envíe el currículum. La llamaron enseguida y luego de una entrevista, en diciembre comenzó su trabajo actual como vendedora de helados en el puesto de Guapaletas en Unicenter.

“Cuando empecé a trabajar no ganaba mucho, pero con 500 pesos que le mandaba a mamá era un montón. Eso me motiva a seguir. Vale la pena seguir”, reconoce Emely.

Le costó adaptarse a la Argentina, estaba acostumbrada a la inseguridad en Venezuela. “Un día salí con mi primo y parados allí vemos una moto, pero no noté que era un delivery. Se sube a la acera y yo agarro a mi primo y le digo que corra. Me había asustado muchísimo”, explica Emely.

Datos brindados por la dirección Nacional de Migraciones (Fuente: CP y JG)

 

CAPÍTULO 4

ADAPTACIÓN CULTURAL

Durante los primeros días, los recién llegados se topan con un desafío inesperado: la cultura argentina. Adoptan el modo de vivir rioplatense, pero no piensan perder su espíritu venezolano.

De a poco todo parece resolverse, pero los meses de adaptación implican un gran aprendizaje cultural. Rubén recalca que una de las diferencias que nota con los argentinos es que son más liberales y más tranquilos. Él dice que de chicos les inculcan la idea de aprovechar el día al máximo, entonces el venezolano vive un ritmo muy frenético y agitado. Sin embargo, una de las cosas que más le costó fue adaptarse al desayuno, ya que ellos acostumbran a comer salado: jamón, queso, pan, café, huevos, tocineta y nunca faltan las arepas.

“Los venezolanos podemos ser muy serios y responsables cuando se trata de trabajo o emprendimiento, pero nunca vamos a olvidar nuestro lado rumbero y caribeño que siempre nos hace querer compartir, bailar, reír y disfrutar con los amigos”, cuenta Rubén. Además de adaptarse a la cultura argentina, una de las cosas más importantes es cómo estas almas llaneras logran mantenerse en contacto con su propia cultura. Para Rubén y su grupo de amigos venezolanos cualquier motivo es suficiente para organizar una fiesta o “rumba” en alguno de los departamentos, donde no faltan la salsa, el reggaeton y el merengue. “Todo termina en un baile que puede prolongarse hasta las 7 de la mañana. Nos gusta mucho hacer juntadas en casa, nos sentimos más a gusto que salir a la calle”, cuenta Rubén.

Verónica Rodríguez Prieto confiesa que sus primeros meses también fueron duros en cuanto a la adaptación cultural. “Me daba pánico ir a tocar al subte, estaba acostumbrada a que en Venezuela la gente no podía sacar el instrumento a la calle porque lo robaban o lo golpeaban”, recuerda la cellista. Entonces, para salir adelante consiguió un trabajo cuidando personas de tercera edad, pero no aguantó mucho porque quería hacer lo que a ella le gustaba, que era tocar el cello. “Al final, dejé este trabajo y pasé semanas de no tener nada para la comida. Me lancé a tocar en el subte, era todo lo que tenía. Me levantaba a las 7 y estaba a las 9 en el vagón de la línea H hasta las 6 de la tarde”, cuenta Verónica. En esos días de trabajo en el subte le pasó algo muy lindo. Mientras estaba tocando en los vagones de la línea A, escuchó acento venezolano y decidió tocar la canción "Venezuela". Tocó la canción con los ojos cerrados y cuando terminó vio a una señora sentada llorando. “Se me acerca y me dice que por un momento ella se transportó a cuando era pequeña y vivía con su papá. No supe más de su historia pero fue algo muy conmovedor”, recuerda Verónica.

Luego de meses tocando su cello en el subte finalmente consiguió dar clases en una escuelita de música. Tiene su cuarteto y además la orquesta Latin Vox.

“El Argentino es más libre, no hay tanto prejuicio. Normalmente en Venezuela el músico era un vago”, reflexiona Verónica.

Con la creciente llegada de venezolanos, mantener su cultura en Buenos Aires es cada vez más fácil. Esto se puede ver claramente con respecto a la comida. “Hace dos años era más difícil encontrar la harina para hacer las arepas. Pero ya la conseguimos en todas partes. Es mucho más fácil, adaptamos nuestros sabores y manera de hacer la comida con lo que se consigue acá”, cuenta Yessenya Monasterios, que junto con su prima tiene un emprendimiento llamado Chichas hace 3 años, en el cual venden esta bebida típica de Venezuela. La chicha es una bebida dulce compuesta principalmente por leche condensada y canela, además venden postres típicos como la torta tres leches o la marquesa.

Los venezolanos tienen que acomodarse a las costumbres argentinas ya que, por ejemplo, las arepas suelen acompañar los desayunos, almuerzos y algunas cenas (Fuente: IRB).

 

CAPÍTULO 5

ESTABILIDAD ECONÓMICA

Luego de trabajar arduamente durante un tiempo, los venezolanos se encuentran con cierta estabilidad económica. Esta les permite sentirse cómodos y adaptados a la cultura lo suficiente como para poder soñar con un futuro en Argentina.

Rubén Solorzano es ingeniero en materiales, tiene 28 años y llegó a Buenos Aires en julio de 2016. Luego de graduarse hizo una planificación económica y presupuestaria con un amigo de la universidad, Rafael Blanco, para ver hasta qué país podrían llegar con sus ahorros y tener las mayores probabilidades. Llegó en un vuelo directo desde Caracas con 500 dólares en el bolsillo, aclara que en ese momento era un monto que, dependiendo de la administración, te podía durar para 1 o 2 meses sin trabajar.

Rubén recuerda que sus primeros días fueron bastante difíciles, tenía muchos miedos e incertidumbre. Pero contaba con el apoyo de amigos que habían estudiado con él y le extendieron la mano para hacerle el camino más fácil.

Como Susana, Verónica y Emely, en sus primeros meses pasó por varios trabajos para sobrevivir. “Estaba buscando trabajo de cualquier cosa, al llegar nosotros queremos garantizar tener un techo, comida, tener ingresos que nos permitan poder adaptarnos e ir estableciéndonos poco a poco”, aclara Rubén. Pasó por varios trabajos que nada tenían que ver con su título de ingeniero. Fue ayudante de cocina, luego trabajó en un call center, en la caja de un supermercado y haciendo envíos también. “Son cosas que jamás pensé que iba a hacer en mi vida, pero todas tuvieron algo positivo. Me ayudaron a adaptarme y a ir conociendo la cultura. Me dio seguridad de que Buenos Aires era un buen sitio para trabajar aún no estando en lo mío, pero sabía que eso era algo que estaba por llegar”, reflexiona Rubén.

Finalmente la estabilidad llegó. Luego de 6 meses de búsqueda a través de portales de empleo consiguió un puesto como ingeniero de Sistemas de Gestión en CRZ Construcciones, una empresa de ingeniería. “Uno entiende que todo va a ser para mejorar, que va a tener un tipo de salida positiva para poder seguir viviendo acá de lo que uno hace y le gusta hacer”, concluyó Rubén.

 

CAPÍTULO 6

AMOR

Los problemas diarios no mitigan los deseos de amar. Al compartir un mismo origen, pueden reconectarse con su tierra y con el otro.

Rafael Blanco estudió Ingeniería en Materiales con Rubén, viajaron juntos a Buenos Aires hace 2 años. María Fernanda Sanchez Alvins está en Buenos Aires hace cuatro años, desde que trasladaron a su papá por temas de trabajo y estudia Marketing en la Universidad de Palermo. María Fernanda y Rafael tenían amigos en común en Venezuela, pero nunca se habían conocido allí. Dos buenas amigas de ella, Jocelyn y María José, estudiaron con Rafael toda la carrera. A principios de 2017, en una juntada por el cumpleaños de Jocelyn, María Fernanda y Rafael llegaron tarde, por lo que no pudieron sentarse con sus amigos y les tocó sentarse juntos. Empezaron a hablar y luego a salir, hoy ya llevan un año juntos de novios.

Al ser una pareja de venezolanos sienten que dentro de lo que es ser extranjero en un país, estar con una persona que comparta la misma cultura, los mismos valores y gustos por la comida te hace extrañar menos, te hace sentir en casa.

“Creo que hace las cosas diferentes. Yo lo veo en mis amigas que están con novios argentinos y les cuesta. En Venezuela los novios siempre comparten muchas actividades. Acá es como que, o sales con las del trabajo o sales con las de la universidad, son como diferentes grupos. Uno también tiene grupos diferentes, pero si salgo con mis amigas, Rafa viene. Acá eso es distinto”, cuenta María Fernanda.

Para Rafa eso facilita la relación. Una anécdota que recuerdan con alegría es el diciembre pasado cuando hicieron hallacas venezolanas, que es una comida que se hace para esa época, y la música que escuchan también. Es algo que pueden compartir.

CAPÍTULO 7

 

¿VOLVER?

Luego de llegar, enfrentarse a un nuevo país, a una nueva ciudad, a nuevos desafíos, a una nueva cultura y a nuevas personas, la pregunta ahora es: ¿volver o no volver a Venezuela?

SI
QUIZÁS
NO
SI
NO
SI
NO
QUIZÁS
SI
NO
QUIZÁS
SI
NO

CAPÍTULO 8

 

CONSTRUIR PAÍS

Una vez estables, los venezolanos buscan crear un futuro en Argentina. Llenos de oportunidades para crecer y aportar su potencial apuntan a construir país aquí.

Enrique Salazar es un ingeniero en petróleo de 64 años que vino desde Venezuela para trabajar en el mundo hípico. Llegó a la Argentina hace ocho años sin saber que era uno de tantos que iniciaban el preludio del éxodo venezolano. “Cuando yo me vine, la situación estaba muy mal. De hecho me preguntaban por Venezuela y decía que Argentina es el paraíso terrenal y aquello es el infierno. Lo que pasa es que con el pasar de los años yo me di cuenta que el infierno cada vez puede ser peor”, comenta Enrique. Su caso fue distinto, él vino con trabajo, pero a los dos años perdió su empleo y quedó como personas que están llegando hoy en día, varadas en Buenos Aires. Hizo muchas cosas para sobrevivir: cantó en Palermo y planchó ropa. El hecho de haber realizado muchas actividades distintas en su juventud lo ayudó a tener una mayor capacidad de adaptación que la media.

Sin embargo, él no ve lo mismo en la última ola migratoria de venezolanos. “La mayoría de la gente que está llegando es joven porque no hay futuro allá. Me da mucha tristeza”, reflexiona Enrique. Él piensa que estos muchachos vienen acá con la finalidad de construír país, porque lo único que vivieron ellos como generaciones jóvenes fueron estos 19 años de revolución, por lo que no vivieron una Venezuela buena. “Aquí hay muchas posibilidades. Yo creo que los venezolanos van a hacer país acá. Argentina es un campo abierto para el desarrollo”, comenta Enrique.

Rubén Solorzano es uno de esos jóvenes a los que les gustaría construir país en Argentina. “La verdad es que es un país amplio, hermoso y muy rico. Tiene mucho para crecer, para explotar y desarrollarse. Una nación de muchas oportunidades”, aclara Rubén. Verónica Rodríguez Prieto dice al respecto: “Creo que es lo primero que buscamos, devolver algo a este país que nos ha recibido con los brazos abiertos. La música es nuestra herramienta para seguir construyéndolo”.

Después de muchos días de viaje y arduos meses de adaptación, estas almas llaneras que eligen Buenos Aires para comenzar de nuevo su vida, comienzan a soñar un futuro en Argentina. Enrique asegura: “A los únicos que no les gusta Argentina es a los argentinos, es el paraíso terrenal. Esa patria grande de la que hablaba Bolívar es aquí”.

Queremos agradecer a todas las almas llaneras que se abrieron ante nosotros y nos permitieron conocer sus historias. 

 

CRÉDITOS

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EDITORA: Constanza Barattini Dopaso

SUBEDITORA: Carolina Palla

REDACTORAS: Carolina Palla

Camila Rodriguez Pietragallo

AUDIOVISUALES: Joaquín Guerra

Ignacio Ricardo Bottarini

WEBMASTER: Constanza Barattini Dopaso

ANIMACIONES: Joaquín Guerra

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